Tuve que morir para apreciar todo
aquello que no viví, no lo supe hasta que mi cuerpo se quedó inerte en aquel
hotel de carretera. En aquella cama sucia, llena de corridas y cocaína, con mi
sangre como única compañera. Y es que cuando mueres sola, sientes profundamente el vacío de la
muerte recorriendo tu cuerpo y tu mente, pues no puedes sentir el
beso de tus viejos, ni el de tus colegas. Ni siquiera saben que estás ahí,
metida en la mierda más absoluta y mundana, regalando tu cuerpo por unos chutes
de caballo, o por un poco de cariño.
No importaba quien era, si tenía dientes
o no, pues yo tampoco es que los tuviese todos. Me la sudaba si olía bien o
mal, pues yo tampoco es que me duchase todos los días. No miraba si tenía unos brazos fuertes, si era guapo, flaco o gordo, yo tampoco es que fuese la de los veintiún años. No sé exactamente qué pasó, pero acabé pasando las
noches metida en el bar más mugriento de toda la ciudad, esperando que alguien
me mirara para poder dormir en una cama, más o menos como está, o poder comer... Eso, si me dejaba el speed.
Quién sabe lo que
hubiese pasado,
ahora muerta ya no sé nada de la vida.
