domingo, 5 de junio de 2016

El binomio existencia-inexistencia



Tuve que morir para apreciar todo aquello que no viví, no lo supe hasta que mi cuerpo se quedó inerte en aquel hotel de carretera. En aquella cama sucia, llena de corridas y cocaína, con mi sangre como única compañera. Y es que cuando mueres sola, sientes profundamente el vacío de la muerte recorriendo tu cuerpo y tu mente, pues no puedes sentir el beso de tus viejos, ni el de tus colegas. Ni siquiera saben que estás ahí, metida en la mierda más absoluta y mundana, regalando tu cuerpo por unos chutes de caballo, o por un poco de cariño. 

No importaba quien era, si tenía dientes o no, pues yo tampoco es que los tuviese todos. Me la sudaba si olía bien o mal, pues yo tampoco es que me duchase todos los días. No miraba si tenía unos brazos fuertes, si era guapo, flaco o gordo,  yo tampoco es que fuese la de los veintiún años. No sé exactamente qué pasó, pero acabé pasando las noches metida en el bar más mugriento de toda la ciudad, esperando que alguien me mirara para poder dormir en una cama, más o menos como está, o poder comer... Eso, si me dejaba el speed
 
Quién sabe lo que hubiese pasado, 
ahora muerta ya no sé nada de la vida. 



No hay comentarios:

Publicar un comentario